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MUSEO FRIDA KAHLO: UN MUNDO ENTRE MUROS

 

“Pies pa’ qué los quiero si tengo alas para volar”
Frida Kahlo


Lo que hace especial a La Casa Azul es que aquí nació, vivió y murió Frida Kahlo.  Entre estos muros, la artista construyó su mundo, y que en este lugar se respira el espíritu creador que anima su obra.  Aquí no sólo se exponen los cuadros de una de las pintoras latinoamericanas más reconocidas, sino que también se descubre la parte cotidiana y casi anónima de una mujer, de una familia, de un matrimonio y de los amigos que rodearon a la pareja Kahlo-Rivera.  La Casa Azul es ante todo eso: una casa, un espacio donde los objetos hablan e invitan a un recorrido íntimo.

 

En La Casa Azul están los cuadros que hicieron famosa a la artista: Viva la Vida, Frida y la cesárea, pero también están tanto su cama -flanqueada por los retratos de Lenin, Stalin, Mao Tse Tung- como el caballete que le regalara Nelson Rockefeller. Están los espejos –pequeños, de cuerpo entero, el de arriba de su cama- con los que se observó detenidamente, y están sus pinceles, con los que se reinventaba.  Está su colección de mariposas -que la descubre como una amante de la naturaleza- y su colección de vestidos, que la delata como mujer de ciertas vanidades. 

 

En esta casa llena de contrastes, conviven sin agravio los dolorosos corsés -unos de yeso decorado, otros de cuero y metal- con la algarabía que se adivina en cocina y comedor.  Cada objeto habla y muchos –como juguetes, artesanías, utensilios de cocina, joyas- fueron tan parte del mundo de Frida que se encuentran incluso dentro de sus telas.

 

Un recorrido por cosas y cuadros también habla de los orígenes de Frida.  La Casa Azul fue propiedad de la familia Kahlo desde 1904, tres años antes de que naciera la pintora.  El padre, Guillermo, fue fotógrafo.  En el cuadro Retrato de familia, Frida presenta un curioso árbol genealógico en donde se mezclan la sangre húngara del padre y la oaxaqueña de la madre.

 

En un inicio la casa fue blanca, pero Diego y Frida la pintan de azul, como homenaje a los vivos colores de la tradición estética mexicana.  La construcción ya tiene este tono en el cuadro de 1936, Mis abuelos, mis padres y yo.

 

Retrato de Agustín M. Olmedo, en la sala 1, es un testigo mudo de la fuerte personalidad de Frida.  La tela muestra una rasgadura hecha por la artista cuando supo que para el hombre del retrato ella “no valía ni un centavo”. 


Temperamental y directa, Frida forjó un carácter a prueba de una discapacidad  provocada por la poliomielitis infantil y, más tarde, a los 18 años, por el accidente que cambiaría su vida.  El 17 de septiembre de 1925, el autobús en el que Frida viajaba es arrollado por un tranvía. Una varilla la atraviesa a la altura de la pelvis, causando serias fracturas en la espina dorsal. Inmóvil por un tiempo, Frida comienza a pintar.

 

A pesar de su mala salud, la pintora gozaba de un natural sentido del humor que podía rayar en el sarcasmo.  Ruina, en la sala 2, fue un obsequio que la artista le hiciera a Rivera en 1947, como un reproche a las infidelidades del muralista.  Los relojes del comedor también son elocuentes.  En uno Frida marca la fecha –1939- en la que se divorcia de Diego. En el otro, un año después, escribe la hora y el día de su segundo matrimonio con Rivera.

 

En La Casa Azul vivió también una artista políticamente comprometida: Frida y Stalin y El marxismo dará salud a los enfermos dejan ver a una pintora contraria al imperialismo norteamericano y volcada en agrupaciones de izquierda a las que, de hecho, Diego dedicó parte de sus ganancias.

 

La cocina es uno de los aspectos que más habla de la cotidianeidad de la artista.  En La Casa Azul se hacían fiestas y se recibía a los amigos –cuyas obras o cuyos nombres adornan los muros.  El tamaño del comedor y las terrazas en el jardín hablan de una casa abierta a las visitas.

 

Sin embargo también ésta fue una construcción viva, que se fue modificando según las necesidades y los altibajos del matrimonio.  Diego mandó ampliar la casa en 1937, cuando decidieron dar asilo a Trotsky y a su mujer.  De igual manera, en 1947, Diego construyó un estudio para Frida.  También, después del divorcio, se acondicionaron dos cuartos separados, que Frida y Diego ocuparon hasta la muerte de la pintora...
La Frida amante de Diego y de los gustos de Diego se respira por todo el lugar. Los jardines, en donde se pasearon monos y pericos, dan testimonio de la fascinación del matrimonio por el arte prehispánico.  Aquí se muestra una mínima parte de la colección que Diego fue adquiriendo a lo largo de 30 años –54 mil piezas- y que se admira en todo su esplendor en el Museo Diego Rivera-Anahuacalli. 

 

Tanto en su obra –influenciada por la estética visual de los retablos religiosos- como en su vida cotidiana e incluso en su lenguaje –irreverente y desparpajado-, Frida luchó por demostrar que en las raíces populares se encontraba la identidad nacional.

 

La Casa Azul es también un homenaje tanto para artistas del siglo XX –Clausell, Orozco, Tanguy, Velasco- como para el arte popular. Las esculturas en madera de Mardonio Magaña, artista descubierto por Rivera; la sala de los exvotos, una de las colecciones más interesantes al respecto, y los trabajos de cartonería de Carmen Caballero, la judera de cabecera del matrimonio, son vivo ejemplo de ello.

 

Entre arte y artistas, también convivió una Frida práctica, una ama de casa que hacía economías en el hogar y registraba el balance de las ganancias:  así lo demuestra el libro de contabilidad que se encuentra en el estudio.

 

La Frida de carne y hueso muere en 1954.  Sus cenizas se encuentran dentro de una urna, en el tocador de la recámara.  En 1958 La Casa Azul se abre al público.  Desde entonces, recibe al año a más de 200 mil personas que buscan a la Frida bandera de feministas, a la Frida objeto de culto, a la Frida mito, alimentado incluso por ella misma.  Y, quizá, en cada visitante que se pasea entre los espacios que Frida amó habiten ya, de manera propia, esta casa y sus objetos.

 

 

 

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